El sexo, la droga y la música eran altamente valorados en la antiguedad, tanto que que pertenecían a un orden sagrado, precisamente por su capacidad de provocar lo que hoy conocemos como un estado alterado de conciencia.
En el lejano origen de todas las religiones la ingesta de algunas sustancias psicoactivas constituían el acto ritual que generaba el contacto con lo divino. Así ocurría por ejemplo con el Soma védico de la tradición Hindu, consumido por los fieles muchos siglos antes de nuestra era. No se sabe con exactitud cuál era la planta llamada Soma, ni los ingredientes de la bebida a que daba lugar, pero los investigadores la relacionan con el cañamo, es decir, el cannabis del que proceden el haschisch y la marihuana, o con trepadoras y setas alucinógenas.

Su ingesta provocaba la siguiente experiencia según queda recogido en el sagrado Rig Veda, escrito unos mil años antes de Cristo:
“Hemos bebido Soma, nos hemos hecho inmortales, llegado a la luz, hemos hallado a los dioses”
En el contexto védico tomar Soma no era un rito circunstancial, sino el verdadero centro de experiencia religiosa que justificaba la existencia del culto.
Rituales semejantes son tan comunes en el origen de la experiencia sagrada que droga y religión han estado unidas desde el principio de los tiempos, los fieles seguidores de Ahura Mazda en el antiguo Irán, bebían el Haoma, un licor sagrado que les provocaba estados visionarios. Los griegos se embriagaban con bebidas alcoholicas para honrar a Baco. En Egipto se utilizaba un incienso ceremonial llamado Kyphy extraído probablemente del cáñamo y en el Nuevo Mundo los indígenas consumían ritualmente sustancias aluginógenas mientras el Chamán o sacerdote se “desprendía” del cuerpo y viajaba a otros planos de la realidad.
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En el santuario de Delfos, dedicado al Dios Apolo y orgullo de toda Grecia, donde la famosa Pitia o Pitonisa emitía sus clarividentes oráculos, segun detallan los cronistas antiguos la preparación de la Pitonisa implicaba mascar ciertas hojas, aspirar sahumerios y beber agua de una fuente determinada, además de situarse en un lugar del templo donde surgían vapores embriagadores de una hendidura. De esta forma la Pitia entraba en un trance visionario que le permitía emitir sus oráculos y Platón llamó a esta experiencia, estado de delirio.

Los llamados “misterios de Eleusis” se celebraban en otoño, en honor de la diosa Deméter y de su hija Perséfone, que fue raptada por Hades, dios del Averno para hacerla su esposa. Los misterios recibían este nombre porque los participantes juraban guardar riguroso secreto sobre lo que allí ocurría. Sólo se podía asistir a esta celebración una vez en la vida y a lo largo de los siglos lo hicieron millones de peregrinos, entre ellos personajes tan conocidos como Aristóteles, Sófocles y Cicerón.

La ceremonia principal se celebraba por la noche. En ella los aspirantes bebían un elixir llamado Kykeón que contenía, al parecer, harina y menta, salvo que la experiencia provocada por el brebaje era definitiva y marcaba al participante de por vida. Según narran los cronistas que lo vivieron, se trataba de un trance de muerte y renacimiento, de iluminación, de visión trascendente. No se conocen los ingredientes del Kykeón, salvo la menta y la humilde harina, pero si se conocen los efectos del cornezuelo o ergot, un hongo que parasita los cereales y que contiene alcaloides, como la amida del ácido lisérgico, de potencia visionaria similar a la del LSD. De manera que una harina procedente de grano contaminado por este hongo produciría perfectamente el visionario viaje de muerte y resurrección vivido por los iniciados de Eleusis.

En la América precolombina el uso de drogas con fines religiosos estaba enormemente extendido, Aztecas, Mayas, Olmecas y diversos pueblos amazónicos basaban sus ritos religiosos en el consumo de estas sustancias. Las plantas más utilizadas eran el teonanácatl, un tipo de hongo psilocibio, el ololiuhqui, una trepadora, el peyote, una cactácea y la ayahuasca o yagé, una liana, todas ellas portadoras de alcaloides de gran efecto. Se usaban en rituales religiosos que generaban una relación visionaria y directa con sus dioses.



Un experimento científico realizado por el teólogo W.N Pahnke confirmó experimentalmente que hay algunas drogas capaces de engendrar la experiencia de Dios dentro de uno mismo, es decir, drogas enteógenas, Pahnke suministró a un grupo de diez seminaristas una dosis de psilocibina , alcaloide del teonanácatl, un hongo que se consumía ritualmente en la América precolombina. Pasadas cinco horas el 90 % definió lo que había sentido como una intensa experiencia mística. Tiempo después se realizó un nuevo experimento controlado por los psiquiatras sobre un colectivo de más de 200 personas, en esta ocasión laicas.El resultado fue parejo, ya que el 96% declaró haber experimentado imágenes o sensaciones religiosas de algún tipo.
